Evangelio viernes, X semana del Tiempo Ordinario (10 Junio 2016)

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Quizás lo más fácil después de leer el evangelio de hoy, sea caer en los tópicos del mundo moderno que afirman: ” cuando se acaba el amor, la solución es el divorcio”. La expresión “la solución es X”, no tiene cabida alguna en la Iglesia, y por consiguiente para el cristiano.
Pero si ustedes quieren entrar en debates y polémicas acerca de este tema, les recomiendo repasar las conclusiones al Sínodo de los Obispos sobre las familias que tuvieron lugar en Octubre del 2015, y del cual nació la exhortación apostólica del Papa Francisco: “Amoris Laetitia”.

De este modo llegaremos a la premisa de que “cuando se acaba el amor, la solución es el amor”.
Un amor que debe permanecer en el seno de la familia. El Papa Francisco explicaba que el amor para siempre, es más fácil con la ayuda de la gracia de Dios, y en este caso mostrar a la sociedad que el matrimonio cristiano no es una fiesta o una reunión con familia y amigos. El matrimonio cristiano es la meta a un camino llevado en primera instancia desde la seriedad y la fidelidad al compromiso.

“Quien vive intensamente la alegría de casarse no está pensando en algo pasajero”, dice el Papa.
Amoris Laetitia se cierra con un bello capítulo dedicado a la espiritualidad matrimonial y familiar, en el que se afirma que “una comunión familiar bien vivida es un verdadero camino de santificación en la vida ordinaria y de crecimiento místico”. Este espejo místico hemos de buscarlo en el modelo de la familia de Nazaret. Esta sagrada familia es fuente de todas las virtudes, modelo de Santo matrimonio y por consiguiente  resultado de una familia que siempre permaneció unida.
San José, hombre santo, varón virginal y justo. La Santísima Virgen, mujer llena de todas las gracias y fuente de bondad, guardando todas las cosas en su corazón. Sólo ellos son ejemplo de fidelidad matrimonial y fidelidad a los designios de Dios.

A amar se aprende amando, no desuniendo ni separando. Por eso si falta amor, pongamos amor pidiéndole a Dios acierto en nuestros actos conyugales, en la vida matrimonial diaria, puesto que en todas las relaciones humanas (claro está) surgen conflictos. Sólo con amor no será necesario desprendernos de ninguno de nuestros miembros. Nuestro cuerpo pertenece a Dios y, si es templo del Espíritu Santo, no podemos ultrajarlo con vanidades sexuales.

Amor, con amor se paga.

MªRosa S. Allely

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