• 03/04/2025

Algunos consejos del Padre Pío

Sobre la virtud de la mansedumbre:

Ten siempre ante los ojos de la mente, como prototipo y modelo, la modestia del divino Maestro; modestia de Jesucristo que el apóstol, en palabras a los Corintios, coloca al mismo nivel que la mansedumbre, que fue una de sus virtudes más queridas y casi su virtud característica: «Yo, Pablo, os exhorto por la mansedumbre y por la modestia de Cristo»; y, a la luz de un modelo tan perfecto, reforma todas tus actuaciones externas, que son el espejo fiel que manifiesta las inclinaciones de tu interior.

No olvides nunca, oh Anita, a este divino modelo; imagínate que contemplas cierta amable majestad en su presencia; cierta grata autoridad en su hablar; cierta agradable compostura en su andar, en su mirar, en su hablar, en su dialogar; cierta dulce serenidad en el rostro; imagínate el semblante de aquel rostro tan sereno y tan dulce con el que atraía hacia sí las multitudes, las sacaba de las ciudades y de los poblados, llevándolas a los montes, a los bosques, a lugares solitarios, y a las playas desiertas del mar, olvidándose incluso de comer, de beber y de sus obligaciones domésticas.

Sí, procuremos copiar en nosotros, en cuanto nos es posible, acciones tan modestas, tan decorosas; y esforcémonos, en cuanto es posible, por asemejarnos a él en el tiempo, para ser después más perfectos y más semejantes a él por toda la eternidad en la Jerusalén celestial.

 

No tengas miedo:

Tú te ves abandonada, y yo te garantizo que Jesús te tiene más cerca que nunca de su divino Corazón.

También nuestro Señor se lamentó en la cruz del abandono del Padre; pero el Padre ¿abandonó alguna vez o puede abandonar a su Hijo? Son las pruebas supremas del espíritu; Jesús las quiere: ¡hágase! Tú pronuncia resignada este hágase cuando te encuentres en tales pruebas, y no temas.

No dejes de lamentarte ante Jesús como te parezca y como te agrade; invócalo como quieras; pero cree lo que te asegura quien te habla en su nombre.

Escríbeme con frecuencia sobre el estado de tu alma y no tengas miedo de nada; usaré contigo toda la caridad de la que está lleno el corazón de un padre; Yo – aunque indigno – oro y hago orar por ti; tú estate contenta de que Jesús te trate como quiere: ¡es siempre un padre y muy bueno!

La comunión de los santos:

Oh, almas santas, que, libres de preocupaciones, ya estáis gozando en el cielo del torrente de dulzuras soberanas; ¡cómo envidio vuestra felicidad!

¡Ah!, por piedad, porque estáis tan cerca de la fuente de la vida, porque me veis morir de sed en este bajo mundo, sedme propicias dándome un poco de esa fresquísima agua.

¡Ah!, almas bienaventuradas, demasiado mal – lo confieso – demasiado mal he gastado mi porción, demasiado mal he guardado una joya tan valiosa; pero, ¡viva Dios!, pues siento que todavía hay remedio para esta culpa.

Pues bien, almas dichosas, sedme corteses y ofrecedme una pequeña ayuda. También yo, ya que no puedo encontrar en el descanso y en la noche lo que necesita mi alma, también yo me levantaré, como la esposa del Cantar de los Cantares, y buscaré al que ama mi alma: «Me alzaré y buscaré al que ama mi alma»; y lo buscaré siempre, lo buscaré en todas las cosas, y no me detendré en ninguna hasta que lo haya encontrado en el trono de su reino…

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