Quién es Juan Bautista
Pacco Magaña
Y este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron donde él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: “¿Quién eres tú?” El confesó, y no negó; confesó: “Yo no soy el Cristo”. Y le preguntaron: “¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?” Él dijo: “No lo soy”. – “¿Eres tú el profeta?” Respondió: “No”. Entonces le dijeron: “¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?” Dijo él: “Yo soy voz del que clama en el desierto: Rectifiquen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías” (Jn 1, 19-23).
Juan, el evangelista sigue mostrando al Bautista, dejando ver quién es él; no solo eso, sino mostrando qué es él, cómo es.
Se acercaron al Bautista sacerdotes y levitas, lo mismo que fariseos, para preguntarle quién era él y por qué bautizaba. Notemos que el Bautista no era alguien que pasaba desapercibido. Este hombre estaba totalmente acreditado como profeta. Su manera de vestir y de vivir eran desconcertantes. En realidad, todo Juan era un símbolo para el pueblo de Israel, un signo que debían todos descifrar. Todo lo que hacía y decía era fascinante. Todo el pueblo estaba atento a lo que él enseñaba. Nadie lo tenía por alguien fuera de sí. Cualquiera podía notar que Juan era un hombre de Dios, un profeta. Es cierto que hacía muchísimo tiempo que no se veían profetas en Israel y que el conocimiento acerca de los profetas que el pueblo tenía por aquellos días era solamente el de los rollos que se leían en las sinagogas cada sábado. Pero ahora se daban cuenta de que un profeta habitaba en su tierra, como en el pasado glorioso de este pueblo. Ahora, cuando los extranjeros habían invadido el país, por fin surgía un profeta que le decía al pueblo que la liberación estaba cerca, que estaba llegando algo maravilloso. Alguien poderoso.
Se acercan, pues, a Juan, aquellos hombres a preguntar quién es él. Y Juan, según el evangelista, declara abiertamente que no es el Mesías. Pero el evangelista lo dice con mucha elegancia: Juan confesó y no negó. Así pues, el Bautista no se presenta como alguien pretencioso. En efecto, para aquel tiempo en que Roma había extendido sus dominios hasta la tierra santa, el pueblo de Israel tenía deseos de que el prometido Mesías hiciera su aparición de un momento a otro. De hecho, esta expectación por el Mesías se nota claramente en este cuarto evangelio, por ejemplo, cuando Jesús se encuentra en el pozo con la samaritana, la cual le dice: “ya pronto llegará el Mesías y nos lo aclarará todo” (Jn 4, 25)). En otro evangelio, le preguntan a Jesús los sumos sacerdotes si acaso él es el Mesías, hijo de Dios (Mt 26, 63); quizás ellos no creían que lo fuera, pero, de cualquier manera, el texto habla con claridad de la espera del Mesías por aquellos días.
Juan el Bautista, como dice el autor de este evangelio, confesó y no negó. Esto significa que dio testimonio de sí mismo, esto es confesar. Pero también dice el texto: no negó. Esto quiere decir que el Bautista se acredita, en efecto, no como el Mesías, pero sí como su precursor, como alguien que prepara el camino del esperado Mesías redentor de Israel. Juan es claro. Dice la verdad respecto de sí mismo y también la verdad respecto al Mesías, de tal modo que no deja sin respuesta a quienes le preguntan. Él sabe perfectamente quién es, y sabe también quién es el Mesías, pues el mismo Hijo de Dios es quien le ha enviado delante para dar testimonio de la verdad y presentar, además, a la Verdad, que Juan llamará: Cordero de Dios.
Juan, decíamos, sabe perfectamente quién es él mismo y no se adjudica ser el Mesías. Y deja claro que él mismo es un profeta, el que anuncia al Mesías.
Le preguntan también si él es Elías. Pero él lo niega. En efecto, él no es Elías, sino Juan. Por aquellos días también se esperaba al Mesías, decíamos, pero, al mismo tiempo, a Elías, un profeta de la antigüedad, que los judíos creían que debiera venir antes que el Mesías. Jesús alguna vez también acredita al Bautista y reconoce en él al esperado profeta Elías. Esto quiere decir que Elías habría llegado ya, e inmediatamente a él, el Mesías. No se trata de que resucite el profeta Elías, se trata de un tema simbólico en el que, en una persona del presente, se manifestará aquello que había sido Elías, un profeta que exigía al pueblo de Israel que regresara al amor de Dios, que tuviera una conducta recta, un corazón observante de la Ley. Y esto era precisamente lo que el Bautista predicaba: la conversión, la rectitud, la sinceridad, la misericordia.
Hay otros gestos en los que se ve algo del profeta Elías en el Bautista, por ejemplo, el lugar en el que predicaba. Sabemos que Elías fue llevado a la presencia de Dios precisamente en el río Jordán, donde Juan aparece predicando acerca de la inminente llegada del Cristo. Se cuenta también que Elías se refugia en una cueva, donde es alimentado por cuervos; Juan, por su parte se alimentaba de saltamontes y miel de abeja silvestre. Ambos eran signo de la presencia de Dios en su pueblo y en el desierto.
Regresemos a la meditación. Juan no se adjudica nada para sí; ni su misma misión ni su propia condición. Para él todo es dado, todo es recibido. Si bien él no se descalifica como profeta, sí reconoce que, ante Jesús, el que ha de venir y a quien él anuncia, él mismo es demasiado pequeño. El que viene detrás es el mayor. Juan se sabe poca cosa frente a Jesús. Juan no presume nada. Decíamos que su misma presencia, su estilo en el comer, en el vivir, en el vestir, indican o dejan ver, no solo la sencillez, sino algo más importante, esto es, el hecho de que, ante Jesús, ante Dios todopoderoso no somos nada. Así, la vestidura de Juan, nada ortodoxa, era un indicador de su propia condición frente al Hijo de Dios. ¿Cómo un hombre que vestía de esta manera podía ser alguien ante el Mesías?
Finalmente, le preguntan quién es él y qué dice de sí mismo. Es entonces cuando él dice, no quién es, sino qué es, y lo declara en estos términos: “soy la voz que clama en el desierto, enderecen los caminos del Señor, hagan rectos sus senderos”. Juan les reitera no quién es sino qué es; en primer lugar, una voz en el desierto. Juan es una voz, porque es alguien que grita, que clama, algo que hay que escuchar. Si algo se grita es porque debe ser escuchado. Cuando algo no se grita, no se proclama con fuerte voz, puede que se escuche, o puede que no. Es probable que a alguien le interese, pero también es probable que no. Nadie dice fuerte y claro algo si no le parece que es realmente importante el que sea atendido. Algo importante no se dice a la ligera, como de paso, como sin ganas. Si queremos que todo el mundo se entere de algo lo hacemos viral, o por lo menos lo intentamos. Lo publicamos a través de diversos medios, como las redes sociales, las aplicaciones dedicadas a publicar videos cortos o largos; si queremos que algo llegue más lejos lo “Posteamos” en alguna plataforma, le damos: like, lo compartimos, etc. Puede que para nosotros sea importante; pero puede que para quienes lo escuchen o lean no lo sea. Sin embargo, la importancia de algo reside precisamente en la validez y la universalidad de la verdad que pregona. El mismo evangelio, en nuestros días, parece no tener la misma resonancia que tenía en tiempos apostólicos. Por eso decíamos que aun algo verdaderamente de gran importancia puede que para algunos no tenga ninguna. Pero lo importante no depende del interés que se le ponga ni de la atención que se le preste, ni del caso que se le haga, sino de la Verdad misma.
Juan dice, pues, quién es: un profeta, pues declara: “como lo dijo el profeta Isaías”; y también es: “la voz que clama en el desierto”. Juan es alguien que clama, no solamente enseña algo; de ser así pudo preferir anunciar su mensaje mediante algún libro, como otros profetas que escribieron su enseñanza o sus predicaciones en el pasado. Pero prefirió clamar, esto es, predicar con voz potente. Y es que él quería en verdad urgir al pueblo a la conversión, pues sabía que el Hijo de Dios, el Cordero, estaba cerca, ya a la puerta. Y precisamente llegaría allí, a donde él estaba gritando, al Jordán, para ser bautizado también por él. Pero esa es otra historia.